lunes, 16 de febrero de 2026

Mi último carnaval

 

Hoy solo me quedan los recuerdos.
Recuerdo que para estos días ya teníamos la pinta lista, la única que aguantaba los tres días del carnaval. No había más. No hacía falta más.
El emblemático pantalón de terlenka bota ancha, la correa de cuero de tres dedos de ancho rematada con cipote hebilla de bronce, y la inigualable franela amansa-loco, y colgada en cruz en el pecho, como un escudo de armas, la compañera y alcahueta fiel: la mochilita de cabullita de tres colores.
Ahí reposaba la camiseta de repuesto, el paquete de cigarrillos “picha e’ perro”, la botellita de ron —que si era de color blanco —, el potecito casi gastado de Yodora, el cepillo de dientes y el infaltable pote de Maizena.
Éramos pobres de bolsillo…
pero millonarios de ganas.
No portábamos documentos de identidad, solo nos bastaba decir de quién éramos hijos. Éramos “adolescentes y considerados de buenas familias”, y la policía, cuando nos requería, nos dejaba tranquilos.
No éramos un peligro para la sociedad…
pero sí para las bellas quinceañeras que nos aceleraban el pulso y nos enseñaban, sin saberlo, el oficio de suspirar.
No éramos atléticos; éramos desgarbados, flacos y peludos. El acné transitaba orgulloso por nuestros rostros y nos delataba ante las doncellas, que preferían más a un Travolta o a un Presley que a este bachiller imberbe y sin futuro, con apenas dos pesos a bordo como único respaldo para los tres días del jolgorio.
Y aun así…
yo me sentía invencible.
Porque bendito Dios permitió las verbenas en los barrios populares de Quilla.
Ahí sustentábamos la economía.
Ahí nos colábamos.
Ahí amanecíamos.
Éramos cazadores furtivos del gozo, sobreviviendo con lo que cayera, porque en carnaval, como en la guerra, todo se valía.
Y al despuntar el sol, ellas solo regalaban los buenos días… y la ilusión bendita de volverlas a encontrar al día siguiente, como si el mundo no se fuera a acabar nunca.
Recuerdo a mi tía materna, mujer de tres singularidades:
una hija que era todo un personaje, que nos enseñó los rudimentos del léxico caribeño;
un jovial y siempre dispuesto yerno;
y aquella casa por debajo de la línea de frontera, la calle 72, en la estratégica cuasi esquina del Cuartel —hoy carrera 44— con la calle 61, barrio Boston.
Desde ese portal yo podía “patear” la Guacherna, la Batalla de Flores y la Gran Parada. Comparsas, carrozas y cuánta vaina estrafalaria y parapeto se inventara el pueblo para celebrar su propia locura.
Eso sí era carnaval del pueblo para el pueblo.
Ahí la alegría no pedía permiso.
Ahí nadie preguntaba de dónde venías.
Y cuando terminaban los desfiles, ya los mayores en modo tres quince y otros borrachos completos, el yerno encendía su máquina infernal —el picó glorioso, aquel mueble con tocadiscos e infinitos parlantes que hacía temblar hasta las baldosas—.
Esa bestia sonora escupía música caribeña hasta el amanecer, himnos de la alegría y de la esencia afrocaribeña.
¡Qué vaina tan bacana!
Y como decía Héctor:
“Hasta un paralítico, aunque yo llegue tarde, lo pongo a bailar”.
Y era verdad.
Porque cuando sonaba aquella máquina infernal, el barrio entero latía como un solo corazón.
El piso vibraba.
El pecho vibraba.
La vida vibraba.
Ahí nos agrupábamos, gorreábamos unas cuantas voladoras vestidas de novias —Águila bien fría, sudando hielo—, y mi tía nos tiraba algo de billullo pa’ poder sabroseárnosla hasta el día de Joselito Carnaval, final de la jornada carnestoléntica.
El miércoles asistíamos a la parroquia.
Nos estampillaban la ceniza en la frente.
Sentíamos arrepentimiento… sí, señor…
pero no por lo que hicimos,
sino por lo que no alcanzamos a hacer.
Y aun con la cruz gris marcándonos la piel, seguíamos en la cacería.
Hoy ya no corro.
Hoy no amanezco.
Hoy no cargo mochilita ni Maizena.
Hoy solo cargo recuerdos.
A veces cierro los ojos y todavía escucho la máquina infernal retumbando en el pecho.
Todavía veo las voladoras sudando hielo.
Todavía siento el perfume mezclado con ron y pólvora.
Pero ya no es lo mismo.
Ahora soy un hombre mayor que se sienta en silencio mientras el carnaval pasa lejos, como un tren que no se detiene.
Ya no me coló en ninguna verbena.
Ya no persigo quinceañeras.
Ya no tengo dos pesos en el bolsillo ni tres días por delante.
Solo me queda la memoria…
que a veces duele más que la resaca.
Y cuando febrero se acerca, me quedo mirando el calendario como quien espera una visita que sabe que no regresará igual.
Entonces respiro hondo…
muy hondo…
y, con el alma temblando,
anhelo que llegue pronto…
mi último carnaval.
— suspiro…

Rafael Eduardo Cervantes, 15 de febrero de 3026

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