sábado, 17 de enero de 2026

El inmortal

HOY SERÉ INMORTAL

Me gusta la gente solitaria,

la vieja,

la que aún no cuenta su historia

porque ya no la debe.

Aquellos que no esperan el mañana

porque aprendieron

que el tiempo no promete,

solo pasa

y deja sedimentos.

Me gustan las gentes solitarias, mayores,

sin necesidades,

porque ya no guardan secretos ni afanes.

Los dejaron caer

como llaves inútiles

en un camino que no vuelve.

Me gustan sus dolores.

El dolor es algo bueno

cuando ya no grita,

cuando no sangra,

cuando no hiere la carne

pero lacera, despacio, el alma.

Me gustan los recuerdos

cuando ya no son heridas

sino ruinas habitables.

Cargo muchos recuerdos,

una gran carga.

Piedras antiguas

que nadie reclama

pero que pesan

y enseñan a caminar lento.

Me gusta ser anciano,

ser viejo,

oler a antiguo,

para poder recordar

sin urgencia,

sin esperanza.

Contemplar lo lejano,

vislumbrar

y perderme

en un recuerdo ya desdibujado

hasta que deje de doler.

Me gustan las nubes:

son viejas,

todo lo saben

porque todo lo han visto.

No juzgan.

Siempre están ahí,

peregrinas viajeras,

lejanas,

desapercibidas,

pasando

como pasa todo.

Me gusta estar acá,

sin tener que ir,

sin querer partir,

sin poder quedarme.

En este punto inmóvil

donde llegar es inútil

y marcharse también.

Me gusta la distancia,

esa que no imagino,

la que se enseñorea con su capa tibia,

la que se roba la brisa,

la que se bebe el hastío de mis días,

la que esconde todo,

la que no alcanzo.

Me gusta mi vida,

mi momento,

este lapso corto de tiempo

en el que existo

sin terminar de vivirlo.

Me gustan los días idos,

sin sabor y sin vigencia,

sin promesas recibidas,

fútiles

sin ser estériles.

Me gustan los días

sin el aciago del destino,

aquellos que simplemente pasan

sin exigir sentido.

Me gusta pensar en estar ausente,

lejos de lo cercano

y cerca de lo distante,

cerca de lo imposible.

Pienso en el tiempo,

en lo acaecido,

en la profundidad cruel

de lo simple:

la melodía mínima de una gota al caer,

el susurro leve de una hoja al volar.

Me gustan los poetas.

Me gustan sus caretas

para esconder sus tristezas,

su tinta sangre

cuando escriben con pasión,

cuando se abren

sin que nadie lo note.

Soy un desterrado de tus sueños

y de tus deseos.

Un huésped que nadie espera.

Un ser furtivo, imperceptible,

compañero fiel de mi reflejo

cuando se posa,

sutil,

en torno mío.

Ella me abandonará

cuando deje de andar.

Porque mis pasos son su camino

y el camino solo existe

mientras alguien lo pisa.

Y mi camino

lo hago al andar.

Por eso…

hoy no moriré.

Hoy,

en este instante exacto

que ya se está yendo,

seré inmortal.

Aún no llegas

Todavía no llegas

Aún no llegas
y ya te presiento,
como se presiente
la lluvia en el monte.

No sé tu nombre
ni cómo es tu risa,
pero hay días míos
que te hacen espacio.

He pasado inviernos
sin decirlo en voz alta,
aprendí a estar solo
pa’ no amar con miedo.

No te estoy buscando,
pero te espero,
porque el corazón
cuando sabe, sabe.

Te imagino sencilla,
sin promesas grandes,
con palabras claras
y mirada firme.

No quiero apurarte
ni cambiar el tiempo,
si llegas mañana
te abro la puerta.

Y cuando estés frente a mí
no haré preguntas,
solo voy a mirarte
como quien encuentra.

No será un golpe,
será un descanso,
como llegar a casa
después de andar lejos.

Si te quedas conmigo
—ojalá te quedes—
no será por costumbre
ni por soledad.

Será porque la vida
nos guardó despacio
pa’ amarnos tranquilos
el resto de los días

Me niego a envejecer

 Me niego a envejecer
 

Aunque sé, que con suerte, algún día seré viejo.

Pero me niego a la incontinencia,

a los reveses de la memoria,

a las manos temblorosas,

a la marcha insegura,

al inseparable bastón y al perro,

como únicos compañeros,

 

Al hilo de baba que se escurra entre mis labios,

a fastidiar al prójimo con mis ronquidos,

a perder a mis amigos adorados,

a estar todo un día anclado en cualquier silla,

a ser un ente senil, postrado e impotente para reír.

 

Quiero envejecer… pero amando y gozando.

Sintiendo el deleite de tu cuerpo en mis manos,

olfatearte al levantarte,

libando el néctar de la flor de tu frondoso pubis,

violando la frontera de tu imaginación,

viviendo para apetecerte.

Y poder recitarte los poemas que te fascinan,

asirte con manos fuertes y seguras de tu cintura,

caminar firme junto a ti,

y que la baba se me escape… pero solo por ti.

 

Disfrutar del sol con mis amigos cuando no estés conmigo.

Solo quiero envejecer, pero contigo.

Solo para cuidarte,

para protegerte del frío y de las largas noches de insomnio,

para alimentarte cuando ya no puedas hacerlo,

para besar tus manitas y amar tus arrugas,

para bañarte y dormirte,

para recordarte todo lo que la memoria y el tiempo te roben.

 

Y si algún día me alcanza la parca,

entonces que sea junto a ti,

encima tuyo… o simplemente a tu lado.

 

Y que el último suspiro que escuche sea el tuyo, por mí.

Entonces dirás:

“Mínima alma mía, tierna y distante,

juntos hemos de entrar a esas verdes praderas…

siempre, juntos, amor.”