HOY SERÉ INMORTAL
Me gusta la gente solitaria,
la vieja,
la que aún no cuenta su historia
porque ya no la debe.
Aquellos que no esperan el mañana
porque aprendieron
que el tiempo no promete,
solo pasa
y deja sedimentos.
Me gustan las gentes solitarias, mayores,
sin necesidades,
porque ya no guardan secretos ni afanes.
Los dejaron caer
como llaves inútiles
en un camino que no vuelve.
Me gustan sus dolores.
El dolor es algo bueno
cuando ya no grita,
cuando no sangra,
cuando no hiere la carne
pero lacera, despacio, el alma.
Me gustan los recuerdos
cuando ya no son heridas
sino ruinas habitables.
Cargo muchos recuerdos,
una gran carga.
Piedras antiguas
que nadie reclama
pero que pesan
y enseñan a caminar lento.
Me gusta ser anciano,
ser viejo,
oler a antiguo,
para poder recordar
sin urgencia,
sin esperanza.
Contemplar lo lejano,
vislumbrar
y perderme
en un recuerdo ya desdibujado
hasta que deje de doler.
Me gustan las nubes:
son viejas,
todo lo saben
porque todo lo han visto.
No juzgan.
Siempre están ahí,
peregrinas viajeras,
lejanas,
desapercibidas,
pasando
como pasa todo.
Me gusta estar acá,
sin tener que ir,
sin querer partir,
sin poder quedarme.
En este punto inmóvil
donde llegar es inútil
y marcharse también.
Me gusta la distancia,
esa que no imagino,
la que se enseñorea con su capa tibia,
la que se roba la brisa,
la que se bebe el hastío de mis días,
la que esconde todo,
la que no alcanzo.
Me gusta mi vida,
mi momento,
este lapso corto de tiempo
en el que existo
sin terminar de vivirlo.
Me gustan los días idos,
sin sabor y sin vigencia,
sin promesas recibidas,
fútiles
sin ser estériles.
Me gustan los días
sin el aciago del destino,
aquellos que simplemente pasan
sin exigir sentido.
Me gusta pensar en estar ausente,
lejos de lo cercano
y cerca de lo distante,
cerca de lo imposible.
Pienso en el tiempo,
en lo acaecido,
en la profundidad cruel
de lo simple:
la melodía mínima de una gota al caer,
el susurro leve de una hoja al volar.
Me gustan los poetas.
Me gustan sus caretas
para esconder sus tristezas,
su tinta sangre
cuando escriben con pasión,
cuando se abren
sin que nadie lo note.
Soy un desterrado de tus sueños
y de tus deseos.
Un huésped que nadie espera.
Un ser furtivo, imperceptible,
compañero fiel de mi reflejo
cuando se posa,
sutil,
en torno mío.
Ella me abandonará
cuando deje de andar.
Porque mis pasos son su camino
y el camino solo existe
mientras alguien lo pisa.
Y mi camino
lo hago al andar.
Por eso…
hoy no moriré.
Hoy,
en este instante exacto
que ya se está yendo,
seré inmortal.

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